Lo que aprendimos cuando entendimos que nuestros hijos no necesitan una madre perfecta, sino una madre presente.
Dos amigas, madres las dos, conversaban animadas sobre la culpa, el silencio, y de la pausa que le pusieron a sus proyectos personales. Y entre ambas se interpuso una idea que las sacudió: no puedes dar lo que no tienes.
No puedes ofrecer calma si estás en crisis, dijo una. No puedes escuchar si estás llena de ruido. No puedes estar presente si tu mente está en otro lugar, respondió la otra, con la certeza de quien sabe lo que hay que hacer, pero le cuesta aplicarlo.
Mencionaron ejemplos de muchas madres y padres, para los que cuidar de sí mismos se siente como un lujo, o incluso como un acto de egoísmo. Se preguntaban si llegaría el día en que lograsen descubrir el origen de ese patrón y mirarlo desde otra perspectiva.
Esta charla puede ocurrir en cualquier lugar, por eso se las comparto.
1. El mito del sacrificio
Desde pequeños nos enseñan que ser buenos padres significa poner a los hijos primero, siempre. Pero esta idea, llevada al extremo, nos drena, decía una.
Cuando nos sacrificamos constantemente, no solo nos desgastamos, sino que transmitimos a nuestros hijos que ellos también deben sacrificarse para ser queridos, agregó su interlocutora. Yo siento que, como madre, casi nunca me tomo un momento para mía, siempre estoy al servicio de todos, ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me senté a ver una novela. A lo que la otra respondió:
─ Lo peor es que hasta podemos enseñar a nuestros hijos que sus necesidades no importan.
2. El autocuidado como base
Cuidar de ti no es un lujo. Es la base de una crianza consciente. Un adulto que se cuida, que se respeta, que se da permiso para seguir creciendo, les enseña a sus hijos que la vida no se detiene cuando tienes hijos. Que se puede ser madre o padre y también ser persona.
Si no cuidas de ti, ¿quién cuidará de ti? Y si tú no estás bien, ¿cómo puedes cuidar bien de los demás?
3. ¿Cómo empezar a cuidar de ti sin culpa?
Le preguntó una amiga a la otra, mientras buscaba con sus ojos la respuesta en los ojos de la otra. Entonces comenzaron a tejer una respuesta en cuatro pasos:
- Reconoce que tus necesidades son válidas.
- Empieza con pequeñas pausas: 5 minutos al día sin teléfono, sin interrupciones, solo para ti.
- Aprende a decir “no” sin sentir que fallas.
- Pide ayuda cuando la necesites. No tienes que hacerlo todo sola.
Este fin de semana, pregúntate: ¿qué necesito yo? Y date permiso para pedirlo.
No se trata de ser perfecto. Se trata de ser consciente de que tú también eres un proyecto en construcción. Y que cuidar de ti no es egoísmo. Es el primer paso para cuidar mejor de los demás.
Cuándo empezamos, preguntó una de ellas, la más habladora. La otra le regaló un guiño cómplice.
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